Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
Teoría antropológica y cultura

EL INDIO Y LA TIERRA

El tema "El indio y la tierra" es muy vasto y puede ser analizado desde numerosos puntos de vista, todos ellos muy importantes. Pero no tendría espacio aquí para tratarlos por completo. Por eso, me voy a referir especialmente a uno de ellos, el de la concepción fundamental que tienen sobre su territorio y la relación que debe darse con él. Primero haré algunas observaciones generales, luego me detendré más ampliamente sobre los embera.

Es casi un lugar común, desde hace casi 30 años, decir que para el indio la tierra es la madre, que ella es quien le da vida y de ella depende su existencia. Incluso, muchos indígenas lo plantean así, sin poder explicar la manera concreta como esto se da en las diferentes sociedades indias y, muchas veces, ni siquiera en las suyas propias, sin poder salir de la afirmación general, dejando ver que a veces se trata de algo que se repite sin que tenga en verdad sentido ni importancia.

Por eso, es importante ver, con ejemplos, cómo se presenta esa forma de pensar en algunas sociedades indígenas que viven en el territorio de América.

Estas formas de pensar la tierra y sus elementos y de relacionarse con ellos, características de los indios, son muy distintas de aquella de los campesinos. Para estos, la tierra es vista solo como un medio de producción, como un lugar en donde, por medio de su trabajo, es posible producir los alimentos y otros medios para la subsistencia. Por eso, un sitio es igual que cualquier otro, siempre y cuando sea fértil y productivo. Y, si lo agota, lo abandona para ir en busca de uno nuevo.

Veamos lo que ocurre, en cambio, entre los indígenas. Para los habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta, i'kas y koguis, principalmente, la tierra es la Gran Madre, con nueve hijas que son las distintas clases de tierra. De la Tierra Negra, la última de ellas, surgieron los habitantes de la Sierra Nevada.

La totalidad de su territorio es concebido, entonces, como la Madre, fuente de la vida y de la cultura. Sus hijos, los indios, deben respetarla y cuidarla para que el equilibrio del mundo se mantenga y la vida pueda continuar. Los llamados "pagamentos" son una de las formas claves de su relación con ella y deben ser realizados en determinados lugares.

La pérdida creciente de su territorio a manos de terratenientes y colonos blancos impide o hace cada día más difíciles de realizar los pagamentos; esta situación va deteriorando el cuidado que la Madre debe recibir de sus hijos y el equilibrio entre el hombre y la naturaleza va decayendo. Si los i'kas y koguis llegasen a perder la totalidad de su territorio, ubicado dentro de los límites de la Línea Negra, el mundo se trastornaría y desaparecería en medio de cataclismos.

Cuando dibujan su territorio, los indios de la Sierra Nevada lo representan con la figura de una mujer, y las distintas partes de su cuerpo corresponden a lugares especiales de su tierra.

Por eso, al luchar por su resguardo, han exigido que se les entreguen tierras altas, con cuevas y lagunas, que el Incora consideraba como improductivas, negándose a reconocerlas dentro de él.

Esta idea de recuperar por completo a su Madre y la posibilidad de relacionarse con ella como debe ser, ha fortalecido grandemente sus luchas en los últimos años.

Entre los guambianos del Cauca, se presenta algo semejante. Ya no directamente la tierra, sino el agua, uno de los recursos básicos de su territorio y sin el cual la tierra no podría producir ni mantener a la sociedad guambiana, es considerada como la base y fuente de su existencia.

En el principio, era la tierra y, en ella, las grandes lagunas del páramo. Con los copiosos aguaceros, el agua no sólo corría por los ríos, sino que se filtraba en la tierra, aflojándola. Hasta que se produjeron enormes derrumbes en las más altas montañas. De estos derrumbes, grandes heridas de la tierra, nacieron niños que bajaron por los ríos y de los cuales descienden los guambianos. Algunos de estos niños fueron los caciques, fuentes de la autoridad y la cultura, pues ellos traían objetos de oro, con base en los cuales enseñaron a fabricar todos los objetos y herramientas necesarias para la vida. Por eso, los guambianos se consideran a sí mismos hijos del agua.

Los yaruro venezolanos piensan que mientras ellos vivan en sus territorios las cosas seguirán iguales. Pero si son despojados de sus tierras, todo lo demás morirá. Habrá terremotos, el mar anegará la tierra y el mundo se vendrá abajo.

El jefe Seathl, de los indios de las grandes praderas de América del Norte, se expresó así: "todas las cosas comparten la misma respiración... las bestias, los árboles, el hombre. Para el blanco, la tierra no es su hermana sino su enemiga. Todas las cosas están relacionadas, todo lo que hiera a la tierra, también herirá a los hijos de la tierra".

Los embera no están ligados definitivamente a un sólo lugar; están siempre moviéndose de un sitio a otro, buscando nuevos territorios y nuevos recursos. En su pensamiento, la idea de la tierra se presenta de un modo particular, como nos lo cuenta Rosa Elvira Niaza, habitante del río Garrapatas en el noroccidente del Valle del Cauca, pero nacida y criada en el Chamí, en donde su madre le contó las historias de sus antepasados.

Una vez, Jinopotabar (el que nació de la pantorrilla) vino a este mundo con un ejército de embera. Como la gente era muy cobarde, todos se escondieron. Y él dijo que iba a enseñarles a hacer la guerra para que se defendieran de otros.

De repente, de unas cuevas salió una multitud de cangrejos para atacar a los hombres y ellos se escondieron de miedo. Jinopotabar les dijo: "Miren lo que yo voy a hacer para pelear con esos cangrejos". Y desapareció a los hombres que venían con él.

Salieron a una playa y él les dijo: "Yo soy el capitán de los hombres, ¿cuál es el de los cangrejos?". El que los mandaba salió y era una mujer. Ella dijo: "Los hombres se tienen que ir de aquí porque las orillas de los ríos son de los cangrejos que tenemos que vivir cerca del agua; si no se van, los acabamos". Y preguntó dónde estaban los hombres.

Jinopotabar dijo que él iba a pelear por ellos. Saltó al monte y cogió un palo muy duro y pesado, haciendo con él una lanza. Y se tiró a pelear. Golpeaba a los cangrejos mientras ellos trataban de agarrarlo con sus pinzas, y saltaba de un lado a otro.

Les dañó las pinzas, les quebró las patas, aporreó a muchos y a otros los mató. Al final, mató a la capitana y así ganó la pelea. Los cangrejos se retiraron y dejaron el territorio a los hombres. Por eso, los cangrejos tienen hoy unas rayitas en el lomo; son las marcas de Jinopotabar.

Así fue como los hombres embera aprendieron a hacer lanzas y a pelear para conseguir sus territorios.

Rosa Elvira explica que todos los seres de la naturaleza se relacionan unos con otros para conseguir lo que cada uno necesita, para tener en dónde vivir y conseguir sus alimentos. Unas veces se relacionan a las buenas y otras veces tienen que pelear entre sí. Pero no se relacionan directamente, sino que lo hacen a través de sus capitanes, los jaibaná y los jefes por parte de los hombres, las madres, los dueños por parte de los animales. Así fueron también las luchas contra los cunas. Pero considera que para terminar de aclarar todavía hay que hablar otras historias. Allí sentada entre los niños de la escuela que ella misma hizo en una parte de su casa, sin que nadie la mandara, sin que nadie la nombrara (más que la propia comunidad) ni le pagara, cuenta la historia que explica quién era Jinopotabar.

Jinopotabar era un muchacho grande, muy grande, de raza indígena. Su mamá lo concibió en la pantorrilla izquierda y nació por entre el dedo gordo y el siguiente del pie. No sabía hablar, solamente decía mamá y flor, gritando. Ella le traía flores en un canasto y se ponía muy contento. Pero en la casa no lo querían porque era muy perezoso.

Cuando tenía doce años, los otros muchachos lo convidaron a cazar y cuando volvieron al otro día, encontró que la mamá había muerto y estaba enterrada.

Se puso muy triste y lloró. Ese día comenzó a hablar. Dijo a la gente de la casa: "esta noche voy a saber de qué murió mi mamá y dónde la enterraron; yo hablo con la luna y ella me va a contar".

Esa noche, Jinopotabar se fue al monte a conversar con la luna y ella le contó que a su mamá la había matado la mamá del tigre y estaba enterrada en un altico. Él fue a mirar y, como era sabio, la desenterró y pudo hablarle. Ella le dijo que siguiera viviendo con esa gente porque si se iba a vivir solo, lo mataban.

Volvió a la casa y contó que sabía todo. La gente se reía de él, diciendo que ni siquiera ellos conocían en donde estaba enterrada su mamá. Y le dijeron que desde ese día tenía que trabajar para conseguir la comida.

Salía a trabajar de noche, mientras los otros dormían. Y volvía en la mañana con un puchito de maíz o de frijolitos o de platanito o alguna comidita por ahí.

Le preguntaban que de dónde la había sacado si él no tenía roza, contestaba que se la había dado el papá. Siempre decía lo mismo: "mi papá me la dio". La gente se reía y le decía: "usted no sabe quién es su papá, ni su mamá sabía". El respondía: "si sé, la luna me contó".

Una noche, los muchachos se fueron tras él y vieron que les robaba las cosechas de ellos. Le gritaron: "usted es muy ladrón y perezoso y lo vamos a matar". Él se fue corriendo a la casa y los mayores lo defendieron porque era huérfano y nadie le había enseñado a trabajar. Y le dijeron que se fuera a hacer rocería al día siguiente para conseguir su comidita.

Jinopotabar madrugó y se fue al monte a coger bejuco y a coger macana. Al regresar, le dio el bejuco a una señora para que le tejiera tres docenas de canastos jabara pintados. Con la macana hizo unos cuchillos grandes como machetes y unos bastones con carita de gente.

Cuando tuvo todo listo, se fue con los canastos, los machetes y los bastones por todas las veredas de lado y lado del río. En cada una pedía que le dieran un poco de maíz para hacer rocería.

Apenas llenó los canastos, se fue al monte por tres días. A medida que subía por la pendiente, clavaba un bastón y un machete y ponía un canastico con maíz al lado. Cuando acabó, se regresó a la casa. Al volver, la gente le decía: "¿Dónde están las rozas que no se ven?". Y él mostró y dijo: "Allá está mi gente trabajando, mírenla". Y se veían brillar los machetes y a muchos hombres trabajando.

Con el paso de los días, ya se veían las matas de maíz llenas de chócolo desde dos cuartas del suelo para arriba. Les dijo: "vayan a coger la cosecha para ustedes en pago de lo que les he robado". Fueron a coger pero, como era tanto, se perdió casi todo pues no lo alcanzaron a recoger. Los hombres que le trabajaron desaparecieron, pues él era muy sabio (cure).

Mientras estaban cogiendo la cosecha, la mamá del tigre se quedó en la casa pues era muy viejita. Él la mató con un cuchillo de macana y se fue a su casa a dormir. Cuando los otros regresaron y la encontraron muerta, dijeron: "matémoslo, más bien".

Jinopotabar se brincó de la casa y se fue al monte. Allí cortó un árbol de balso y, como era noche de luna llena, se montó en el balso y se elevó, gritando: "vengan, vengan a matarme". La gente salió y lo vio volando por el cielo, más alto, cada vez más alto, hasta que se perdió de vista en la luna.

Cuando llegó a la luna, tiró el balso y este cayó cerca de su casa. Un tiempo después, se tiró y fue descendiendo poco a poco hasta caer en el río, lo atravesó y cayó al mundo de abajo, en donde vive.

A veces sube y camina por ahí, pero no lo pueden coger porque no es como la gente, es un espíritu. Dicen que él le enseñó a la gente la rocería con machete. Su papá es Carabí (la luna),por eso él viene cuando es la luna llena.

Según Rosa Elvira, estas historias cuentan que los embera del chamí creen que hay tres mundos: el de arriba, llamado bajía, en donde están Ba, el trueno, y Carabí, la luna que navega en su canoa; este mundo, que es egoró, la tierra, en donde viven los embera en las cercanías de los ríos; y el de abajo, cuyo nombre es aremuko o chiapera, al cual se llega por el agua y en donde viven los dojura, que son todos jaibaná, Tutruicá y Jinopotabar. Este los une a todos y puede pasar de uno a otro con su trabajo, pues es cure, jaibaná.

También este mundo tiene tres partes. Una es la selva, el monte, en donde viven los animales de cacería, las culebras y en donde están los corrales para amarrar a los jai. Allí se da la comunicación con el mundo de arriba y, por eso, allí va Jinopotabar cuando quiere hablar con la luna o volar hasta ella. Otra son las cercanías de los ríos en donde viven y cultivan los embera después de haber vencido a los cangrejos, a los monstruos y a otros seres que estorban su establecimiento cuando llegan a nuevo sitio para vivir. La tercera son los ríos, en cuyas aguas viven los peces y por donde se pasa para llegar al mundo de abajo.

Otras historias dicen que el agua viene de abajo y brota de la tierra en los nacimientos de las quebradas. La selva viene de arriba y, en el principio, el árbol originario, el jenené, tenía sus raíces en el cielo. Ahora, los árboles crecen hacia arriba, elevando sus copas hacia bajía.

Pero la selva y el agua no están separados por completo. Los ríos nacen arriba, entre el monte y, al principio, toda el agua del mundo y los peces estaban encerrados en el jenené que Carabí tuvo que derribar para entregarlos a los hombres.

Para que los embera puedan vivir, los tres mundos y las tres partes de este mundo tienen que estarse relacionando permanentemente. Y esta tarea la cumplen los jaibaná. Ellos son los encargados de unir todas las cosas para que la vida se pueda dar, así como, en las historias, Jinopotabar es quien relaciona, y puede hacerlo porque es jaibaná.

Para poder cazar o pescar, los embera tienen que entrar en relación con los dueños o madres de los animales del monte y de los peces. Pero esta relación no es directa, pues el jaibaná es quien tiene el poder y la capacidad de ver a estos dueños y relacionarse con ellos para que permitan que los embera cacen o pesquen a sus hijos y puedan alimentarse de ellos. O pueden atraer a los animales cuando están escasos y la cacería o la pesquería no dan resultados, por más esfuerzos que haga la gente.

También la relación con la tierra, por medio de la producción del maíz y de los demás cultivos, es importante para la vida de los embera. Y en ella, el jaibaná tiene un papel importante, ya que es él quien puede hacer la curación de la tierra para alejar los achaques que pueden dañar las cosechas.

Quiero referirme, para terminar, a un aspecto de la forma de trabajo de la tierra por parte de los embera en las rocerías. En sus conversaciones, los embera siempre hacen énfasis en que el maíz no se siembra sino que se riega, es decir, que se tiran los granos al voleo, sin enterrarlos.

En el Chamí, un día tuve por fin respuesta para mis preguntas constantes de por qué era tan importante regar el maíz y aclarar que no era sembrado. Un indígena me explicó que no se podían abrir huecos en la tierra para depositar los granos porque era como obligar a la tierra a recibirlos y a producir y eso estaba mal. En cambio, al volear los granos, éstos caían sobre la tierra y ella podía decidir si los recogía para hacerles dar fruto o no lo hacía, dejando que se perdieran o fueran comidos por los animales.

Agregando que sembrar el maíz era como herir a la tierra, hacerle mal, y ella también sentía, pudiendo vengarse de los hombres, dañándolos. "No se debe herir a la tierra", me dijo.

Y recordé las palabras del jefe indio Seathl: "todo lo que hiera a la tierra, herirá también a los hijos de la tierra". Por encima del tiempo y de la inmensa distancia, dos indios de América, pielroja el uno, embera el otro, pregonaban una misma concepción y una misma actitud hacia la tierra.
EL INDIO Y LA TIERRA.pdf


 

 
www.luguiva.net - 2010 ® contacto@luguiva.net
Bogotá - Colombia