El ser Jaibaná no es una actividad especializada. Quienes desempeñan ese papel deben, al mismo tiempo, realizar las demás actividades correspondientes a los hombres o mujeres adultos. Si son hombres deberán tumbar el monte, sembrar, cazar, trabajar como peones asalariados, hacer las cerbatanas y sus flechas y otras. Si mujeres, cocinarán, cuidarán los niños, harán la cerámica y la cestería, cargarán la leña, el agua y el revuelto.
Si bien para serlo es preciso un aprendizaje largo, no parece existir ningún requisito especial para llegar a Jaibaná. A diferencia del chamán1 siberiano, ninguna cualidad o característica física especial es necesaria para acceder a la condición jaibanística.
La mayor parte de los Jaibanás actuales son hombres; cosa similar ocurre con aquellos de los mitos y las tradiciones. Pero también existen las mujeres “muy brujas” (como las llama Clemente) y también hay referencias de algunas ancianas de hoy que “cantan el jai” en la zona aledaña a Purembará. En su origen mítico el jaibanismo aparece siempre asociado con lo femenino.
Ante mi solicitud, un indio canta:
Marianará de, marianará de, marianará de
nábigo dabida, nábigo dabida, nabigo dabida
Manuel Arce kachaké, Manuel Arce kachaké, Manuel Arce kachaké
tune tune tune, tune tune tune, tune tune tune
mara, mara, mara, mara, mara, mara
urrábara dua de
marinúmbayo, marinúmbayo.
Para explicarme luego que se trata de una canción para la hija de Manuel Arce, Mariana, que era muy bruja, muy Jaibaná.
Algunos autores (Reichel 1962: 180, entre otros) han constatado la abundancia de Jaibanás en algunas regiones, al menos uno por cada grupo familiar.
Pero si no hay condiciones personales excepcionales que determinen la posibilidad de aprender “el canto de la noche”, sí las hay que definen la “vocación” de cada uno de ellos, que llevan a que ciertas personas decidan realizar el aprendizaje, “comprar el secreto”.
Sentado en el corredor de su tambo, Darío me habla con la mirada fija en la distancia. Cuenta que quiere ser Jaibaná para curar a sus hijos.
Mi papá enseña a mí, es herencia que deja; antigua, los mayores eran Jaibanás, todos eran; ahora no, hay que comprar. Mi papá enseña “secreto” de brujería.
También Clemente afirma que aprendió para curar a su familia y que “mi papá me dejó herencia”.
Visto así, el ser Jaibaná aparece como una de las actividades necesarias para la existencia y reproducción del grupo familiar, la que garantiza el bienestar físico de sus miembros y está ligada, por tanto, al parentesco y a la “herencia”. Es algo que debe pasar de una generación a otra dentro del grupo familiar y, en este caso, de padres a hijos. Sin embargo, no se constata una norma que indique cuál de los hijos deberá recibir el aprendizaje, aunque algunos casos particulares parecen delinear una tendencia a que sea el hijo menor quien sucede a su padre.
Otros informes señalan que se hace Jaibaná quien “se sueña curando”. En este caso parece haber una cierta vocación, una especie de llamado que es externo al individuo y no depende de su voluntad. Algo que lo marcaría y lo llevaría hacia un destino que él no se ha propuesto libremente. Empero, aun en este caso es la voluntad personal la decisoria, ya que no se dice que el llamado tenga que ser seguido obligatoriamente, ni mucho menos se mencionan sanciones para quienes no lo acaten.
Sin que haya podido comprobar su existencia en el Chamí, aun habiendo dirigido preguntas explícitas en este sentido a muchas personas, se ha mencionado otro mecanismo que lleva a ser Jaibaná.
Si un Jaibaná quiere transmitir sus conocimientos para que salga un Jaibaná ara (uno de los mejores), escoge su discípulo de una mujer encinta. “El Jaibaná que ha de infundir su ciencia sopla sobre la madre, intercalando sus soplidos con unas frases semitonadas haciendo voto para que no muera prematuramente, sino que nazca con felicidad y llegue a ser un buen Jaibaná”. Esto después “de un sueño misterioso, en el cual ve si la criatura que va a nacer es hombre o mujer”. El niño, más tarde, “ve en sueños al Jaibaná que lo consagró antes de nacer, aunque nadie le haya manifestado [y] llevado por una fuerza irresistible le pide a su maestro que acabe de enseñarle” (Santa Teresa, 1924: 30). También Reina Torres (1966: 104) dice que “escoge una mujer encinta y luego de escupir sobre su vientre y de entonar cantos agoreros que garantizarán el sexo masculino del nonato, continúa con cantos y exhortaciones tendientes a asegurarle una larga vida y proveerlo de las cualidades necesarias para que llegue a ser un buen Jaibaná”.
Como en ambos informes se menciona que se trata de obtener un Jaibaná ara y se hace énfasis en el sexo masculino del predestinado, considero que se trata de un caso particular que bien pudo no darse o haber desaparecido ya entre los embera chamí, pues ellos no lo mencionan.
Elementos presentes en el chamanismo de otras regiones, tales una enfermedad grave o una crisis especial, como determinantes de la vocación, no aparecen entre los embera o, al menos, no han sido constatados por ninguno de los autores ni pude yo advertirlos; la excepción es Ariane Deluz (1975: 8), quien trabajó en el Alto Baudó. Ella afirma que “el chamán se hace luego de una crisis de posesión o de una enfermedad, entrando como aprendiz de quien le ha curado, generalmente un pariente próximo. Pocos van más allá, pero algunos viajan a aprender con otros chamanes embera, noanamá y hasta inganos del Putumayo”.
Hoy, lo corriente es que se pague por el aprendizaje, que se compre el conocimiento necesario a precios que van de 200 a 500 pesos por cada maestro, ya que para ser un buen Jaibaná hay que haber tenido no menos de cuatro de ellos.
Hace ya varios años, me dijo Agustín Dozabia: ”Para hacerse Jaibaná hay que aprender secretos del brujerío de antigua. Un indio aprende con otro y con cabeza buena; comprando.
Es mi primer viaje al Chamí. Hemos montado (pues voy con un grupo de la U.) nuestro centro de operaciones en la sede de la misión. El misionero manda llamar a un viejo para que sirva de informante, no sin advertir que se trata de un antiguo Jaibaná, hoy arrepentido. Llega y se sienta después de saludar al cura y saludarnos. “A su orden, señor”. Queremos oír canciones folklóricas (?). El indio canta con su voz vieja, experimentada. Luego queremos saber la traducción de la canción que acabamos de grabar. Y en vez de traducción nos narra el contexto en que la canción fue cantada por primera vez (cosa que haría siempre y a través de los años con las demás canciones que me hizo conocer).
Leopoldino Caizales, que vive cerca del Agüita, fue más abajo de Santa Cecilia a aprender jai. Cuando llegó, le preguntaron: ¿a qué vino? Contestó: a aprender canto de la noche. ¿Qué precio quiere? Leopoldino dijo: ¿Cuánto cuesta comprar cuatro bancos? Dijeron: Valen 500 pesos.
Clemente continúa su relato, que detenemos aquí pues es la parte que nos interesa por el momento. Más adelante nos diría que, luego de aprender con su padre,
compré con Salvador Siágama, mi suegro. Después, del Valle del Cauca vivía aquí abajo, Manuel González, también compró. Compraba cada banco por 200 pesitos. Cuando uno quiere comprender va donde el maestro y le dice que quiere comprar. Él contesta: Si quiere comprender, vamos a hacer negocio, ¿qué precio quiere? Uno dice: 200 pesitos. Él: Bueno, ¿qué quiere curar? Uno dice: Fiebre, ataque, enloquecerse, que canta la mujer como de loco, ataca de orinar; lo que quiere”.
Es claro que aun cuando alguien se haga Jaibaná por herencia del padre, esto no excluye la necesidad de comprar una buena parte del aprendizaje, ya que otros maestros, así sean de su familia, cobran por él; y la calidad de su jaibanismo depende del número de maestros que haya tenido.
Pero, ¿en qué consiste el aprendizaje? ¿Se trata de una iniciación, como dice la teoría general del chamanismo? ¿Cómo un individuo común y corriente puede transformarse en alguien con capacidad de comunicarse con los jais, de relacionarse con ellos, de tenerlos bajo su dominio y, en consecuencia, curar? Muchas veces me hice esta pregunta, muchas más la hice a los indígenas en mis viajes. Los dejo hablar. Oigamos lo que dicen:
Va donde el maestro y gasta como 300 pesos en chichas y aguardiente. El maestro pone banco y se sienta. Empieza a tomar y va cantando. Uno sienta al frente y también toma. Tiene la hoja de biao en la mano y va cantando. Aprende a chupar y a cantar. Así por varios días. Cuando ya está aprendido, el maestro dice: “Usté ya sabe, ya puede ir usté; no puede dejar perder, tiene que curar”. [Pido una explicación de esta última exhortación]. El maestro dice “que no deje perder lo que le enseño, es obligación suya usarlo para curar”.
Otro:
El maestro sentado en banco canta, canta. A media noche dice que ya llegó, que vino como diablo. Pregunta: “¿usté lo ve?”. Cuando uno lo ve, el maestro dice que ya comprendió. Hay que aprender distinto, uno es canto del maíz; para aprender con aguardiente y chicha de panela es otro.
Un tercero:
El doctor dice que va a enseñar, que compre aguardiente. El pone el altar, pone el banquito, pone seis tacitas con aguardiente y chicha y tapadas con hojas de biao. El maestro, medio copetón, le pone las seis tacitas en la coronilla sin caerse, sin derramar. Después dice que ya le dio es espíritu para curar. Le entrega el bastón; con este se ayuda, da fuerza para curar.
Un primo suyo que camina a nuestro lado por la carretera, y que es también Jaibaná, dice que la “loza del Jaibaná” no son seis sino cuatro pocillos. Al final no logran ponerse de acuerdo. Quizás en el aprendizaje del uno su maestro empleó seis y, en el del otro, el suyo utilizara cuatro. Tal vez se trató de espíritus distintos y de la curación de enfermedades diferentes.
Recuerdo que en una curación que presencié y que era, a la vez, la iniciación de Darío, el maestro usó cuatro pocillos llenos de chicha que luego dio al iniciado para que los bebiera. Pero había también dos huevos cocidos que el aprendiz debió comer.
Los anteriores, y lo mismo los demás interrogados, coinciden en algo: que el aprendizaje se realiza siempre, como las curaciones, en la noche y en la oscuridad.
Pero es necesario confrontar estas versiones con las que podemos conocer de otras zonas embera.
Reina Torres (1966: 105 y ss.) se refiere a la forma de aprendizaje en Panamá. Nos dice que el aprendiz y el maestro deben ser pintados con jagua por dos mujeres. También incluye el aprender a tallar figuras antropomorfas en madera y un barquito con figuras similares. Más tarde aprende a hacer su propio altar con objetos de madera y, finalmente, a hacer su propio bastón. Aprenderá a cantar y a hablar con los espíritus, a distinguir las plantas y animales benéficos y maléficos y a conocer y cultivar las yerbas medicinales. Igualmente aprende a usar el borrachero para “ver” y comunicarse con los jais.
En otro texto (1962: 22-23), la misma autora dice que asisten invitados y es de noche. Ambos, maestro y aprendiz, se enjaguan y visten ropa nueva. El primero tiene corona de chaquiras y un espejo que cuelga de ella hacia atrás; bastón y hojas de palma en las manos. Se colocan frente a frente y el maestro baila y canta llamando a los jais. Estos vienen, comen y beben y entonan música con el maestro. Este les pregunta si quieren entrar en el cuerpo del iniciado. Lo golpea suavemente con los bastones, expectora sobre él y suplica al jai que está entrando que lo haga un buen Jaibaná.
Luego el aprendiz bebe la chicha y el maestro le entrega los bastones para curar diversas enfermedades.
La versión de Santa Teresa (1924: 34-36) coincide en lo fundamental con la anterior. Aunque agrega algunos elementos. Dice que si alguno de los asistentes se duerme, el maestro lo despierta con agua. Según él, los varios espíritus entran en el cuerpo del nuevo Jaibaná con ayuda de sobos que el maestro hace con dos bastones, uno por delante y otro por detrás, subiendo de los pies a la cabeza. Sopla el cuerpo del aspirante y pide a los espíritus que entren en él. Repite esto por los costados y en las extremidades. Antes de dar las totumadas de chicha al aprendiz para emborracharlo, soba con ellas su cuerpo de abajo hacia arriba.
Reichel, en cambio (1960: 120), dice que “para conseguir un espíritu tutelar (jai) se procede bajo la guía del chamán, entrando en un estado alucinatorio por medio de ayunos prolongados, aislamiento, insomnio y consumo de alucinógenos. Puede ser enviado al monte en donde de pronto se le aparece el espíritu, o puede estar en la casa, en cuyo caso el espíritu aparece en sueños. Para ello hace en la casa un pequeño cuarto de hojas de palma, talla una figura antropomorfa de madera y la coloca dentro, agita una hoja de palma (piakúra) y habla con la figura, a través del chamán, solicitándole se haga su espíritu tutelar. La figura pide carbón vegetal que se pone en montones frente a ella. Otras veces pide sangre humana, que bebe, convirtiéndose en murciélago y mordiendo a su protegido en el sueño. Además, es necesario tener la capacidad visionaria para entrar en contacto con ellos. De noche, se siente cuando los espíritus descienden y cohabitan con las figuras de madera, infundiéndoles su poder”. En lo demás, la versión de Reichel es muy similar a la de Torres de Araúz, pese a estar basada en observaciones en el sur del Chocó.
Deluz (1975: 8) nos dice que el aprendizaje es sólo una “repetición nocturna y monótona de cantos cuyo sentido no comprenden los aprendices, junto con la toma de bebidas fuertes a veces adicionadas con alucinógenos como la “datura” y el “banisteriopsis caapi” (pildé)”.
Pero afirma, además, la existencia de una faceta oculta del proceso de aprendizaje, consistente en una iniciación propiamente dicha. Estaría reservada a ciertos chamanes y ligada, como experiencia, a la crisis inicial; manteniendo luego su influencia durante la totalidad del proceso de aprendizaje. Y la define como una experiencia interior. Su conclusión deriva del análisis de un relato que recibió de labios de un Jaibaná embera en circunstancias que le permiten relacionarlo con la iniciación. En este relato, Deluz reconoce seis secuencias, ligadas todas ellas a la iniciación chamánica tal como es caracterizada por la antropología: 1) Primer viaje de Ventura, 2) Segundo viaje de Ventura, 3) Primera metamorfosis de Ventura, 4) Segunda metamorfosis de Ventura, 5) Ventura y Francisco se libran de Onasi (negro, libre), 6) Muerte de Ventura. Recalcando que Francisco ha sido fabricado por Dios con el tronco del primer árbol que él creó, el okendo, el mismo que se usa para hacer los bastones de jai.
De ser cierta su interpretación, sería la única en ligar la iniciación del Jaibaná con la teoría general sobre la experiencia iniciática en el chamanismo, con sus transformaciones, viajes y muerte del futuro chamán, ligazón que no puede desprenderse de las restantes informaciones provenientes de los embera sobre tal acto, como por ejemplo las anotadas más atrás.
Henry Rochereau (1933: 73) agrega un nuevo elemento de juicio. Refiriéndose al bastón que recibe el aprendiz durante su consagración, dice que se le da con él el poder de soñar. “En el sueño siempre hay una persona que les enseña y responde a sus dudas saliendo de entre una multitud de indios y animales”. Si en el sueño ven a un animal comiéndose a un indio, esto significa que el enfermo no tiene cura porque un Jaibaná le ha comido el alma. Si solamente la ha escondido, sí lo pueden curar y su tarea es descubrir el alma y devolverla al enfermo.
De todos los autores consultados, Rochereau es el único en hacer referencia explícita al sueño como el estado en el cual se desarrolla el aprendizaje fundamental; aunque luego de haber tenido esta referencia, algunas de las informaciones ya consignadas podrían libremente interpretarse en el mismo sentido.
Una información reciente obtenida por mí, viene sin embargo a confirmar el papel central del sueño en el aprendizaje del nuevo Jaibaná; desplazando a un papel secundario las restantes actividades que tendrían entonces solo un carácter formal y operativo, externo.
DIARIO DE CAMPO, JULIO 14 DE 1981:
Hoy me he quedado en la casa ordenando algunas notas de los días anteriores y tratando de reconstruir mi conversación de anoche con Misael y Luis, y que no pude anotar en el momento por causa de la oscuridad.
Cada uno ha salido para sus actividades. Misael parte para el Colegio a despachar en la inspección. Sus dos hijos, junto con el jornalero, salen a limpiar el cafetal y a sembrar plátano. Celina se va con las dos hijas mayores “a traer revuelto”. Sus nueras salen también sin que logre saber su destino. En el interior de la casa quedan solamente los niños y, desde el corredor en donde trabajo, los oigo cantar en katío mientras juegan. De vez en cuando uno de ellos siente curiosidad por ver lo que hago y, cuando me doy cuenta, sorprendo sus ojos negros y brillantes que me observan por una hendija de la pared; al verse descubiertos, los ojos desaparecen y unos pasos presurosos, que corren, suenan sobre el piso de tablas del gran salón.
Bajando de la casa de Darío viene Clemente; me saluda de lejos. Levanto la cabeza y lo miro mientras termina de llegar; sube al corredor y se sienta a mi lado. Después de unas pocas frases al azar, comienza a lamentarse de la muerte de Magdalena, ocurrida ya hace más de un año, su tema favorito en estos días. Y de repente, sin ninguna intervención de mi parte, comienza a contarme de su experiencia de Jaibaná. Me habla de sus maestros. Y de cómo aprendió a ser curandero (el que cura con yerba).
Le pregunto cómo se hace uno Jaibaná. Responde:
Uno va donde el maestro y le dice que quiere comprar. Se pone de acuerdo en el precio y en qué es lo que quiere conocer. El maestro dice: “en sueño suyo me va a conocer, me va a aparecer sentado en medio de la sala con hoja de biao. Y que pone el banquito y las tacitas”.
[Dice que aprendió con su papá, que este le dejó en herencia. En el aprendizaje] mi papá era corazón malo y casi me mataba en sueños. En sueño veía era pura candela; después se llevó allí y se apagó; me subía por un palo y la candela se calmaba. Me daba candela; después se llevó allí y se apagó. Así pasó muchas veces. Al fin, bajé del palo después que apagó y fui a ver. Había como un animal. Luché, lo arrastré de la cola y le traje a papá. “Papá, ¿para qué sirve?; yo lo agarré”. El papá dijo: “ah, me ganastes; llévalo allá arriba a la oficina mía (en el monte), enciérrelo ai y queda para siempre. Ya no cae enfermo usté, ya no cae usté; ahora puede curar”.
Gritan desde la casa de arriba. Es Darío quien llama. Clemente me dice que vamos para allá, vamos a hablar allá. Erróneamente acepto y subimos. Una vez en casa de Darío es imposible reanudar la conversación.
Según esta descripción, el aprendizaje de Jaibaná comprende dos niveles diferentes. Uno, formal, al cual hacen referencia la mayor parte de los indígenas y que está descrito ampliamente en la literatura. En él se aprende a levantar el altar, a tomar la chicha, a cantar, etc. Y otro, esencial, en el cual se adquiere el poder sobre los jais, a reconocerlos y dominarlos, a conocer su utilidad. Y en el cual la relación con el maestro es un enfrentamiento, una lucha por la sobrevivencia del aprendiz y cuya victoria le confiere el poder.
El aprendiz debe, en primer lugar, aprender a soñar. Debe dominar el sueño y poder vivir en él su relación con su maestro. Una vez adquiere esta capacidad, la usa en su aprendizaje o, mejor, la usa el maestro para iniciarlo. Así, el sueño sale del dominio del inconsciente y se coloca, poco a poco, bajo el campo de acción de la conciencia, de la voluntad del maestro y más tarde de la del aprendiz. Dicho de otra manera, el aprendiz de Jaibaná debe aprender a vivir en el sueño como en otra forma de la realidad, y a dominarla, y debe aprender a actuar en ella como en la vida diaria, cotidiana. Y esto porque es en esa otra forma de realidad en donde, como probaré más adelante, se desenvuelve también la vida del hombre embera, una parte de su vida en la cual, precisamente, se desarrollan entre otros los acontecimientos que causan las enfermedades que se sufren en la vida cotidiana, en la vigilia. Ella es, por consiguiente, el campo en el cual debe moverse el Jaibaná para neutralizar o modificar tales acontecimientos y restablecer la salud del enfermo, o de la tierra, o de la casa, etc.2
En el jaibanismo el sueño no es, entonces, una imagen distorsionada de la única realidad existente, la de la vigilia, la de lo cotidiano. Al contrario, es otra parte de la realidad, tan real como la primera y ligada permanente e indisolublemente con ella. El Jaibaná consigue, es su tarea, su trabajo (volveré sobre este concepto de trabajo), vivir la realidad completa en sus dos campos y no solamente en uno de ellos: el de la vigilia, como hace el común de las gentes.
Por eso él tiene la capacidad que quienes viven solamente la cotidianeidad no poseen: la de actuar, de influir a voluntad (pero ciñéndose a ciertas reglas) en lo que ocurre en la realidad del sueño. Es, pues, el hombre completo, el verdadero hombre, como siempre lo recalca en su canto.
En el mito encontramos algunas versiones que se refieren al origen del Jaibaná y que corroboran en sus aspectos principales lo que he dicho sobre el sueño:
... Un hijo vivía con su mamá anciana a la orilla del Baudó. El hijo iba a la playa a pescar; la viejita quedaba en la casa. Sin potro,3 sin saber labrar; comían platanito. En la playa, el muchacho encontró un viejo que mató un mero y se lo dio, le daba pescado. Y dijo: le voy a enseñar a usté. Le enseñó el brujo al muchacho. Era el diablo. Salía el muchacho por la mañana y por la tarde traía peces. Dijo el viejo: le voy a enseñar, yo soy brujo.
Pasaron los días en el monte. El muchacho le dijo a la mamá que esta noche no vengo a dormir. El viejo le estaba enseñando, cantaba chicha..., le dio un bastón y cinco matecitos y, entonces, dijo: cuando llegue a la casa donde su mamá, le hace una chicha. Y trajo también un banco (purkao). El que le enseñó le dijo: usté canta la chicha y yo estoy allá oyendo en su sueño. Ahora sí, hoy, haga chicha, corte hoja, yo voy a cantar...
La mamá le dijo: usté es ignorante, usté qué va a saber. El hijo contestó: el viejo me mandó un purkao, un purmiá y mates; el que me enseñó. Yo voy a labrar potro. Cantó el chicha y vio que estaba enfermo la gente que se había ido. Cuando lleguemos ya está muerto. Vamos ligero.
Cortaron su plátano y en la embarcación que hicieron se fueron. La mamá le dijo: no lo deje enterrar. Y él dijo: aguarden. Estaba tendido el muerto, y cuando comió dijo: Voy a tantiar, voy a soplar el cuerpo... sopla... sopla. Vio ahí sentado. Otra vez fue a soplar...
Y menió el manito: dijo: dame agua, ay, quiero beber. Se alentó el muerto. Así alentó a muchos muertos. Esto sí era el dios que sabía. Los otros no aprendieron porque dejan morir a la gente y no alientan. Ese sí sabía.
(Relato recogido por Luz Lotero, misionera seglar).
Un mito recogido por Sofía Botero entre los embera-chamí, y narrado por Narciso Siágama el 12 de septiembre de 1980, dice:
Yo sé la historia de cómo aprendió el primer Jaibaná. La primera fue mujer. Se encontró como con espíritus que la invitaban a una casa muy grande que no era casa sino palo. Ella iba allá como soñando, como borracha (como con queredera, ¿no será?) Y así varias veces. No tomó trago ni chicha, está como entre borracha y dormida.
Cuando volvía a la casa, el esposo preguntaba dónde estaba ella. Para que él no pensara nada, lo invita para que aprenda a curar achaques. Él acepta y se va al chorro y ahí mismo ve la casa que no es casa sino palo (Palo Santo, grande). En esa casa él ve una escalera muy grande, pero es mentira. Todo el tiempo oye sonido de tambores. Sube, y encuentra una sala muy grande, donde está bailando su mujer. Esta viste con paruma y está muy adornada y pintada con rayitas.
En esa sala muy grande hay también muchas jepás, enrolladas por todas partes. Y también negros (que no son indígenas ni humanos. “Serán como espíritus”). Los negros están adornados con coronas de flores y también bailan; utilizan las jepás como banquitos. “Los banquitos son las jepás”. Y son muy largas y gruesas. Piensa quedarse más para ver si ve mejor. Pero llega un momento en que ya no puede más; siente calor y no aguanta. Entonces, repentinamente, dice: Virgen Santísima; y todo desaparece. Él queda solo, colgando de una rama muy alta del Palo Santo. Se desespera y piensa que va a morir. Si se suelta, morirá de la caída. Si no, morirá de hambre.
De pronto aparece una palomita que traía en el pico una guasquita chiquita, enrolladita. Y la deja cerca de él. Con los pies comienza a dejarse bajar por la guasquita, así... así... Se suelta ya de un brazo, hasta que queda colgado solo de uno y piensa: aquí si me llevó el diablo. Así aguantó hasta que no pudo más y se cayó. No murió, pero quedó sin poder moverse y muy dolorido. Y pensaba si estará muerto o qué.
De repente se aparece un perro que trae leche, carne y frisoles y comienza a acariciarlo como besando, como animando. Y el hombre pensaba: qué será lo que este quiere. Vamos a probar a ver qué es lo que trae (el perro viene cargado por los lados). Y prueba y come hasta que puede levantarse y sigue al perro.
El perro va adelante y el hombre piensa: ¿a dónde me llevará? Hasta que por fin llegan al chorro de la casa de él y el perro desaparece.
Entonces el hombre piensa y ya conoce el camino. Y se va para su casa pensando en su mujer. Cuando llega, esta lo espera como si nada hubiera pasado. El hombre discute con la mujer (Narciso da a entender que hasta la golpea).
Después la mujer enseña a otros y desaparece. Es el hombre ahora quien cura y quien comienza a enseñar a otros.
El papel del sueño, ese estado entre dormido y borracho de que nos habla Narciso en el aprendizaje de la mujer Jaibaná, la primera, es básico. En él se comunica con los espíritus y en él se va a la casa-árbol en donde aprenderá a ser Jaibaná.
Otro mito, esta vez recogido por el padre Severino de Santa Teresa tal como lo narró Donungubí Domicó (1924: 28-30), recalca otra vez la importancia del sueño en el origen de los Jaibanás:
Al comienzo solo el demonio era Jaibaná. Un día una diabla cogió un niño y una niña y se los llevó al monte, enseñándoles a ser Jaibanás. Cogía una espina, se la clavaba y luego la sacaba chupando. Mataba un diostedé y se los daba a comer con cascajo como si fuera maíz tostado.
Ellos lloraban con esa comida y ella iba y robaba ollas con comida en las casas en que había alguien que iba a morir en los próximos meses (de ahí se deriva la idea de que Antumiá saca pedazos de carne o de pescado de una olla para anunciar la muerte de alguien). Los llevaba a las peñas y los barrancos y los tiraba, cogiéndolos en el aire, para quitarles el miedo. Todo el tiempo les soplaba en la cabeza y en las extremidades.
Una vez dijo que se escondieran porque venía su marido y no le gustaban. Antumiá vino y olió a indio, dando orden de que los mataran. Ella pensó matarlos, pero ya el niño era Jaibaná. Se soñó que los iba a mandar a cortar y traer leña para comérselos. En el sueño supo que ella iba a poner tres ollas a hervir y que los empujaría para hacerlos caer dentro. El sueño les dijo que pusieran a la diabla a enseñarles a asomarse y la empujaran a ella. Luego de muerta, la abrieron y le sacaron un perrito que había concebido y que se llamaba Toma. Así pasó y salieron con Toma.
Llegaron a una cueva en la que había tres hijas de un rey, presas de una culebra de siete cabezas; ellas les abrieron y el muchacho prometió liberarlas. Cuando llegó la culebra, Toma la mató. El Jaibaná arregló boda con una de las tres, pero tuvo que irse, dejando a su hermana y a Toma. Al volver, su novia se había casado con otro. Por eso, Toma se robaba la comida del plato de los esposos. Su hermana puso un hueso de culebra en la cama del Jaibaná, quien se lo clavó y murió. El papá de las tres mujeres ataba a Toma con una cadena, pero este se soltaba y se iba a la tumba de su amo. Lo desenterró. Lamió el cadáver y chupando le desenterró el hueso, con lo cual resucitó. El indio mató a su hermana de la misma manera, pero a ella nadie la resucitó. El indio y el perro viven todavía vagando por el monte.
En los dos mitos anteriormente narrados, el perro aparece estrechamente vinculado con el paso del jaibanismo de la mujer al hombre, circunstancia sobre la cual volveré más adelante.
Y, aquí sí, el elemento iniciático de la muerte y resurrección del Jaibaná aparece, nítidamente en el segundo mito, desdibujado (pues el hombre no sabe si está muerto o no) en el primero. Y en ambos, es el perro el factor que cumple el papel de volverlos a la vida.
Pero, ¿por qué es solo en el mito en donde aparece el elemento muerte y resurrección? ¿Por qué no es considerado por ninguno de los informantes, muchos de ellos Jaibanás, que relataron la iniciación a los diversos autores y a mí mismo? No me es posible responder aún a estas preguntas.
Considero, en conclusión, que hacerse Jaibaná es primordialmente aprender a soñar. Que los demás aspectos del aprendizaje, aquellos en que se detienen los informantes y abundan en la bibliografía sobre el tema, son secundarios y formales. Pero en ellos, en alcanzar su dominio, se basa el logro del primero. Para alcanzar el mundo del sueño, para comprender que se trata de otro aspecto de la realidad, tan real y mucho más importante que la cotidianeidad, es preciso desprenderse de esta última, trascenderla, superar la visión unilateral del sentido común que ve en ella la totalidad de lo real, simplificándolo y recortándolo; y ello es posible mediante el manejo de aquellas técnicas formales que conducen a tal resultado, técnicas que la antropología ha denominado las “técnicas arcaicas del éxtasis” (Eliade, 1960).
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