Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
AMAZONIA. NATURALEZA Y CULTURA

Fernando Urbina Rangel
Bogotá: Banco de Occidente, 1986, 176 fotos, 197 p.

 
I
En la sombra
el Abuelo nos dijo la Palabra,
la que otra noche oyó del más anciano
cuyos años lo hacían casi origen.

Y el otro
el que empuñó cinceles que cantaban
talló su sueño entre la piedra antigua
para durar
más allá de todos los silencios.


Con este poema de su autoría, Urbina introduce su obra, definiéndola como una conjunción de dos elementos: la palabra y la imagen. Desde la carátula misma la imagen asalta nuestros ojos. Es la selva; es el petroglifo; es el río; es el hombre. Es el tigre, el pez, la boa, la guacamaya; es el murciélago, el tucán, el cocodrilo; es, en fin, el animal. Es el chontaduro, el calabazo, el ají; es el bejuco, el cumare, el tabaco, la coca; es, en fin, la planta. Es el canasto; es la olla de barro; es la bodoquera; es el maguaré; es la maloca. Es la obra múltiple y creadora del hombre, resultado y modo de su relación con la selva, el río y sus recursos.

Y es también la Palabra. Numerosos mitos, o fragmentos, nos traen las historias de los abuelos, de los Dueños de la Palabra. Nos hablan de su poder creador. "En el principio nada había aquí. Nuestro Padre, el que nos creó, no tenía extremidades, carecía de miembros. Era corazón únicamente: Corazón-que-habla. Era un corazón bueno. Buscaba la manera de dar vida. Meditaba la forma de hacer la creación. Entonces, indagó cómo había aparecido él mismo. El solitario corazón comenzó a hablar, a decir palabras dulces, llenas de buena fe, plenas de buena intención. Con las Palabras de ese buen corazón fuimos formados".

Pero, ¿es en realidad la Palabra? Las imágenes de los abuelos que narran, que tejen la historia con su Rafue, tratan de mostrarlo así. Pero Urbina se equivoca y al hacerlo nos engaña. No es la Palabra; se trata solamente su imagen escrita. No es la voz humana con su poder creador; es su icono. Y así, el texto se convierte exclusivamente en un conjunto de imágenes. Urbina no nos dice La Palabra; su papel es el de aquel otro que "empuñó cinceles que cantaban", poniendo su sueño en un libro cuya duración, es indudable, no llegará "más allá de todos los silencios".

Pero el engaño de Urbina es explicable, y fatal. Porque él recibió la Palabra en la maloca, en el mambeadero. A su oído hablaron muchas veces don José García, don Noé Rodríguez, don Rafael Núñez, don Pablo Bigidima, don Hilario López, los Abuelos. Y así, la Palabra sigue sonando en su cerebro cargada, plena de voz humana. Así ocurre siempre cuando hemos oído los mitos muchas veces en la voz de sus narradores; ya no es posible separar la Palabra de la voz que cuenta. Cuando se escribe, se oye la voz. No sucede lo mismo para el lector; en un libro, fuera de su contexto, lejos de los Dueños de la Palabra, la letra escrita carece de voz, excepto, a voces, la del propio lector (sentí todo el tiempo la necesidad de leer los mitos en voz alta, pausada, lenta; pero no es posible restituir su voz a los relatos). Es inevitable. Es la trampa de nuestra civilización con su lenguaje escrito; con él, la palabra se hace impersonal, neutra, capaz de cobrar mil voces, millones de voces, tantas como lectores; puede, incluso, existir sin voz, silente. Con él, no hay ya Dueños de la Palabra, ni palabras que se conviertan en acción, palabras creadoras, Rafue.

II
La selva amazónica. Este es el tema del libro. Pero, ¿qué visión de ella entrega? No, por supuesto, la del infierno verde. No, por tanto, la de nuestra propia cultura. Esta se estremece de terror frente a la selva; es antiselvática. En ella, la selva existe sólo para ser derribada, destruida, arrasada. creyendo, así, civilizar el espacio, hacerlo apto para la vida humana, pues ésta no se concibe dentro de aquella. La selva aparece como naturaleza primigenia, avasalladora, espantosa. Es el "se los tragó la selva". Frente a ella se levanta, como un exorcismo, el hacha metálica, el hacha de la muerte, vencedora aún de los "palos de corazón", símbolos de la permanencia, destructora aun de la "raíz del renacer".

Ni tampoco la visión del indio como ser natural, simple parte del paisaje, uno más de los recursos componentes de la selva. Ni la del indio agobiado, absorbido por ella casi hasta el aniquilamiento, de la cual es preciso rescatarlo, salvarlo, tarea que asumen tantos redentores para, al mismo tiempo, despojarlo.

Al contrario, es la de un cosmos diverso en su unidad, conformado por múltiples Fuerzas enfrentadas: el animal, la planta, el raudal, los astros, y el hombre con su propia Fuerza, guardiando este concierto a través de la Palabra y de los Objetos de Poder, confluyentes en el Rito, lugar y momento del "equilibrio de unas Fuerzas que se oponen complementariamente en una dialéctica infinita".

Allí donde el aliento de la Madre, la Palabra del Padre y el obraje del Hijo originan el mundo del hombre indio: la Amazonia; todo en inestable armonía.

Esta unidad de lo diverso estructura igualmente el libro. Es inextricable la unión del texto y de la imagen. No son fotografías explicadas; tampoco textos ilustrados. Es una bella, bellísima simbiosis. Rota dolorosamente por el horrendo dibujo de Quintero sobre el esquema de los mundos.

Y es la presentación del Urbina poeta. Porque, además, ¿cómo reescribir un mito sin serlo? Pero no es sólo la poesía de la palabra, es también el poema visual, el de la imagen.

III
Y es también un llamado para entender "cómo la Nación Colombiana y la Humanidad estarían mejor si no arrebataran esta tierra de las manos que más celosamente la han cuidado, respetado y comprendido...: los indígenas". De lo contrario, un día, "silenciado el rugir de los tigres cuidadores, algo fundamental de todos nosotros habrá muerto".

Publicada en Boletín del Museo del Oro, Banco de la República, Nº 18, Bogotá, enero-abril, 1987, pp. 89-90

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